viernes, 5 de agosto de 2016

CARLOS STOHR Y EL RUEDAS ALTAS SOBREVIVIENTE EN MARGARITA Y. EL PRIMER AUTOMÓVIL EN NUEVA ESPARTA

El viernes 15 de julio, el Caracas Sport Club, le fue rendido homenaje al ingeniero Carlos Stohr. Hubo concurrencia masiva de amigos y allegados, concierto, discursos, muestra de dibujos recientes de quien es también cronista gráfico del estado Nueva Esparta, folklorista, un checo integrado a Venezuela que en el curso de todos los años que tiene en el país desde su llegada como adolescente acompañado de sus padres y hermano Tomás, ha recorrido palmo a palmo, tierra adentro, como experto en topografía y proyectos de ingeniería incluida la participación en el urbanismo de llamada originalmente Ciudad Satélite La Trinidad, en el sur este caraqueño, donde reside Carlos, quien poco a poco se ha recuperado de algunas dolencias. 
Fue directivo y es amigo, colaborador y donante de la Fundación Museo del Transporte, de la que no deja de estar pendiente y donde se le aprecia como merece. 
El tema de los “ruedas altas” en Venezuela lo ha estudiado bien y algunos de sus escritos sobre el asunto los ha publicado la Fundación Museo del Transporte, en particular los que se refieren al de la familia León, como queda dicho en comentarios de foristas, preservado por descendientes de don Germán León, con quien Stohr tuvo buena amistad. Reproducimos algunos de los apuntes que años atrás de Carlos Storh redactó para la FMT, donde aborda el tema de los ruedas altas con detalles del Holsman que ojalá sepan ofrecerle los cuidados que merece. Agregamos las notas de Juan Carlos León Pacheco, publicadas en el blog

“Ruedas Altas en Venezuela

Los vehículos tipo High-wheelers, traducido textualmente del idioma inglés, significa "Ruedas Altas", constituían la clasificación inicial del producto automotor (Autos del Griego: por sí solo; Mobilis-Del Latín: Móvil). 
Prácticamente eran los coches de caballo con aquellas ruedas muy altas de madera de 36 a 48 pulgadas de diámetro, un pequeño motor debajo del asiento, dirección de palanca, frenos con acción directa sobre la rueda y una transmisión por correas y cuerdas.
Los High-wheelers no fueron actualizados exteriormente y su producción seguía como si nada nuevo sucediera en sus alrededores. Pero a pesar de todo, estos buggies abiertos cumplieron una etapa muy significativa en la vida de los Estados Unidos de Norteamérica, región donde mundialmente permanecieron por más tiempo en uso y por ende donde la mayor cantidad de los mismos se llegó a producir. De hecho esto se debía a las condiciones poco desarrolladas de las regiones rurales y circunurbanas de este extenso nuevo mundo, mucho más severas que en la milenaria Europa Central. Los artesanos de la época, constructores de carruajes de madera estaban bien familiarizados con la reparación de los mismos. En aquel entonces también se consideraba como ventajoso poder adquirir muy económicamente una máquina de transporte, mecánicamente sencilla, liviana en peso y hábil en el paso por los fangos de las calles y vías en malas condiciones; -aunque no eran nada cómodas. Era lo que el americano consideraba como "práctico".
En su calidad de aparente continuidad de los coches de caballo, no precisaban pagos de licencias ni de grandes patentes y su ensamblaje y fabricación tampoco requería amplios espacios. Todo influía para poder ofrecer el producto por un bajo precio y es así como la adquisición de este primer estilo universal de vehículos permaneció totalmente vigente en los Estados Unidos durante toda la primera década del presente siglo, cuando en cambio en Europa su aceptación general no pasaba del primer par de años desde la aparición de los High-weelers, después de mil ochocientos noventa y tanto. 
En la Europa central se parcializaba el público rápidamente por automóviles con características más avanzadas, chasis (bastidor), cauchos neumáticos, frenos más eficientes, volante en la dirección y hasta llegaron a cerrar las cabinas. Eran ya los sucesores del High-weelers, denominados la era de bronce. De pronto en 1912 comenzó a considerarse a los High-weelers como etapa superada, desaparecen del panorama de la fabricación y uso para dar paso a un nuevo producto americano, eficiente, barato y relativamente fácil de adquirir, el Ford Modelo "T" introducido en 1909.
En la categoría de los High-weelers existían básicamente las siguientes empresas fabricantes en los Estados Unidos: Snell; Success (desde 1906 a 1909 por $275; apareció cuando este tipo de vehículos ya estaba olvidado en Europa hace casi 10 años); Schacht (ruedas de 38" de madera con goma maciza), pero tenía un mecanismo de dirección con volante, dos cilindros y 20 PS); De Schaum; McIntyre, Sears “M”, International (cuatro cilindros), Kiblinger, Holsman, Duryea (dos cilindros-boxer) y tal vez incluyamos el Hayes, el King y las versiones bastante similares del Knox y el Zimmermann. 
Y en Porlamar, Venezuela, Isla de Margarita, don Germán León, mecánico de profesión posee en estado original no restaurado y en condiciones de funcionar, uno de estos High-weelers. Es un Holsman, deduciéndose que por la transmisión por cuerdas se trata de una de las primeras versiones fabricadas en 1902. En años posteriores empleaban cables y correas.
Tiene su motor original de fábrica, dos cilindros tipo boxer (opuestos), enfriados por aire, la dirección es de palanca, ruedas de 44" y 48" (1,12 MT y 1,22 MT). La fábrica estaba en Chicago, estado de Illinois; funcionaba de 1902 a 1908 con una producción de aproximadamente 900 unidades anuales por un costo de $500 a $600, la mayoría de 2 puestos, con una versión alterna de 4 plazas, como lo es el caso del Holsman Margariteño. Los fanales (faros de iluminación) más bien alertaban sobre la posición del carro ya que proyectaban poca luz. El foco central delantero era un equipo adicional de fábrica adaptado de la Ford. El farito trasero contenía una simple vela. 
El ilustre maestro, cronista de Margarita, profesor Jesús Manuel Subero cita: "El 31 de agosto de 1908 se introduce el primer automóvil en la Isla de Margarita, llegó por el puerto de Pampatar en el vapor Nacional Manzanares", refiriéndose a un vehículo de fabricación francesa marca De Dion Bouton, empresa que también montaba bajo licencia sus vehículos en otros paises y suministraba los motores a ensambladuras extranjeras. No se dispone de testimonios que confirmen que se trata del mismo carro. Carlos Stohr.”.

PRIMER AUTOMÓVIL EN MARGARITA

NR: Gracias a Juan Carlos León Pacheco, colaborador de este Museo por intermedio del espacio que mantenemos en facebook, leemos la crónica que se transcribimos dada su importancia noticiosa y material gráfico que la acompaña. Da cuenta de la existencia de un automóvil acerca del cual cierta controversia subsiste en Margarita. Nuestro sempiterno colaborador Carlos Stohr, cronista gráfico de Nueva Esparta, ha recogido varias semblanzas del llamado High Whiller,. El Holsman perteneciente a la familia León, vehículo que, según nos informan varias fuentes confiables, estaría desatendido en un solar no obstante ser el automóvil más antiguo que aún existe en nuestro país mas no el primero traído a Venezuela. Es una reliquia acerca de la cual la crónica de Nicanor Navarro ofrece valiosas contribuciones informativas. El cofundador de este Museo, periodista Guillermo José Schael, reseñó en varias ocasiones en su columna diaria Brújula, publicada en El Universal durante 40 años, este hecho singular de la vida neoespartana pues hasta la familia León lo condujo en cierta ocasión el famoso pediatra Luis Eduardo Navarro, amigo de don Germán León, ya fallecido al igual que el doctor Navarro y Schael. Recordemos que el primer automóvil llegado a Venezuela fue un Cadillac 1904, desembarcado en La Guaira con destino a Caracas, en abril de aquel mismo año cuarto del siglo XX. El Holsman margariteño debió ser un vehículo usado acerca de cuyos pormenores margariteño trata la crónica que corre a continuación:

CRÓNICA DEL PRIMER AUTOMÓVIL EN MARGARITA

Desde la antigüedad, cuando hace su aparición la rueda en la civilización humana, comienza el hombre, inquieto por naturaleza, a buscar incesantemente un medio de locomoción que le permitiera salvar grandes distancias en poco tiempo sin agotamiento alguno. Esta idea lo subyuga; no descansa; sueña; acomete. Así van apareciendo en distintas épocas los medios de transporte terrestre de diferentes formas y estilos.
En síntesis, tratase de encontrar un sustituto de la energía muscular capaz de mover el vehículo por sí solo. O lo que es lo mismo, sustituir los caballos de tiro por un motor.
En ese intenso y lento devenir de triunfos y fracasos en la historia del automovilismo, arribamos a Francia en 1894, 22 de julio, específicamente, cuando se celebra la primera carrera automovilística, ganada por un carro marca De Dion Bouton a la increíble velocidad de veinticinco kilómetros por hora, entre ciento dos participantes.
Y es precisamente un De Dion Bouton el carro reseñado por la prensa margariteña de la época como el traído en el vapor Manzanares y desembarcado por el muelle de Pampatar el 31 de agosto de 1908; el mismo que fuera arrastrado a empilones hasta Porlamar para que el habilidoso de José Isabel León le remendara una pieza que habíasele averiado en el momento del desembarque; el mismo que el maestro Jesús Manuel Subero da como el primero en pisar tierra margariteña y que la familia de Germán León conserva como una joya histórica, no como un De Dion Bouton, sino como un HOLSMAN, según lo afirmara el mismo Germán León en entrevista que le concediera al periodista Alfredo Arismendi, publicada en el Diario "Insular" el domingo 8 de mayo de 1987. En esa ocasión dijo Germán:
—Todavía me recuerdo muy bien. Era muy pequeño, pero sin embargo me recuerdo clarito todo. Es más, como lo afirma el maestro Jesús Manuel Subero, mi papá, José Isabel León, fue quien reparó el carro a su llegada a Porlamar luego de habérsele roto una de sus principales piezas para poder rodar.
— ¿Cómo fue a parar el carro a manos de su papá?— preguntó el periodista.
—José Isabel León, mi padre —respondió Germán— se lo adquirió a un señor pero no me recuerdo por cuánto. Lo cierto del caso fue que el primer dueño del carro modelo original HOLSMAN, de tres bujías, diez caballos de fuerza y tres velocidades: dos hacia adelante y una para atrás, se lo entregó a un amigo suyo para que se lo cuidara. Este, por no poder atenderlo, lo dejó abandonado en un taller y entonces fue cuando se lo ofreció al jefe de mi familia. Por esa razón nosotros lo conservamos como una verdadera reliquia.
¿Sería éste, en realidad, el primer automóvil llegado a Margarita? Lo dudo. Salvo que más adelante el eslabón perdido de este caso me demuestre lo contrarío. Ello porque el dato que he procesado hasta hoy me lo aporta el resto de un expediente en el cual se averigua un accidente de tránsito acaecido en El Valle del Espíritu Santo el 8 de septiembre de 1908, año que se tiene como el de la llegada del primer automóvil a Margarita.
Fundamento mis dudas en las declaraciones del chofer del automóvil implicado en el accidente, persona que no se parece a ninguna de las que Subero dice fueron los conductores de su De Dion Bouton. Aquellos eran, según Subero: Hércules Salem, J. B. Carreño y Rodolfo Bertolucci. El de mi expediente, en cambio, llamábase Francisco Gasson, tenía 23 años de edad para la época, venezolano, mecánico de profesión y vecino de Porlamar.
A él llamó a su Despacho J. Paublini Ri vas, Juez de Porlamar, en la mañana del 10 de septiembre de 1908. En esa ocasión, el amigo Gasson narró lo acontecido así:
—El ocho del presente, día de la festividad de N. S. del Valle del Espíritu Santo, me encontraba en la plaza de la Iglesia y venía en el automóvil para Porlamar conduciendo unos pasajeros, en momentos en que también venía un coche de Porlamar para El Valle; venía detrás del automóvil un muchacho a la carrera para pegarse de él y cuando me abrí para darle expansión al coche, dejando un claro de tres varas entre el coche y el muchacho, quien venía viendo para atrás, el cochero al percibirse del muchacho que venía a toda carrera para hacia el coche, sofrenó el caballo, pero el muchacho, encontrándose entre ambos vehículos, le dio con el pecho a la rueda del coche y por más esfuerzos que hizo para evitar una desgracia no pudo evitarlo, pues el caballo se espantó pasándole el carruaje por encima. En el mismo momento del suceso, el cochero se bajó recogiendo el muchacho y poniéndolo en una casa. Yo seguí mi ruta para Porlamar a conducir los pasajeros que traía.
— ¿No conoce Usted —preguntó el Juez— a los pasajeros que conducía para Porlamar y puede decir si éstos presenciaron el accidente?
—A quien conducía —respondió Gasson— era el Comandante del Resguardo, pero éste no se apercibió de lo ocurrido porque venía bajo del capacete.
A falta de la declaración del cochero, de quien sólo sabemos se llamaba José Félix Rodríguez, transcribimos la del testigo Jorge Nicolás Jiménez, tipógrafo, porlamarense y de quince años de edad en aquellos días:
—El día de la festividad de N.S. de El Valle del Espíritu Santo iba yo para la plaza de El Valle cuando partió el automóvil corriendo varios muchachos detrás; pero venía uno a la par que él y vi entonces a un coche que venía tomando la derecha y dejando la que correspondía al automóvil. Fijé en el coche la vista y vi al cochero que le tiraba a un muchacho con el látigo para que se apartara; éste no atendió y siguió a la par del automóvil; el cochero siguió atendiendo también al automóvil para evitar algún choque. El muchacho que venía a la carrera se precipitó tanto que tropezó con la rueda del coche y cayó; el cochero inmediatamente sofrenó el caballo, pero como era una pendiente y en bajada, por más esfuerzos que hizo no pudo lograr parar el caballo, lo que dio por resultado que la rueda del coche le pasara por encima; y puedo asegurar, como lo puede hacer cualquier persona sensata, que si es otro el cochero el muchacho hubiera sido víctima. En el mismo momento el cochero se bajó del vehículo y junto conmigo conducimos al muchacho estropeado a una casa vecina donde le aplicaron algunos remedios.
— ¿No vio Usted —interrogó el Juez— qué pasajeros conducía el coche y el automóvil?
—El coche —dijo el testigo— iba con un muchachito y en el automóvil venía el General Rugeles, Comandante del Resguardo.
Ramón Espinal Fond también venía en el automóvil, según su propia declaración en torno a este caso. Oigámosla:
—El día de la festividad de N.S. de El Valle del Espíritu Santo venía en el automóvil junto con otros amigos y presencié que iba un coche para El Valle y al llegar cerca del automóvil éste tomó la derecha y el automóvil la suya, dejando un espacio como el de tres varas, observando por la bulla de muchachos que el coche había pisado a uno y después de informado he venido a saber, por informe del mismo conductor del automóvil, que el muchacho que pisó el coche venía corriendo a la par del automóvil sin darse cuenta que venía un coche y al momento de atravesar chocó con la rueda y cayó al suelo pasándole la rueda por encima.
Por último inserto la declaración de la víctima que resultó ser el niño Rufino Díaz, de doce años de edad, sirviente de profesión. Recluido en la molienda de maíz al vapor de Moraos Hermanos, a instancia del Juez, quien lo visitara en la mañana del nueve de septiembre de 1908, relató:
—Me encuentro estropeado y en casa y hoy he venido a saber de que dicho estropeo me lo hizo un coche que me pasó por encima, pues cuando caí me privé por completo. Sucedió que, viniendo del Valle y en frente del Botiquín de Teodora Castro encontramos al automóvil que venía para Porlamar y el coche en que venía José Félix Rodríguez, hijo, (alias Languillo) que iba para El Valle; yo iba en compañía de Andrés Avelino Meneses, pero iba adelante y él por detrás. El automóvil tocó pito, me aparté y no me di cuenta del coche, estropeándome en el acto, no pudiendo dar razón de los demás, pero sí puedo asegurar que el cochero José Félix Rodríguez no tuvo culpabilidad.
Este Rufino Díaz de nuestra historia, con el tiempo, fue popularísimo personaje en Porlamar. Casó con Modesta Jiménez. De tal unión nació Rosario que, como por ironía del destino, se hizo esposa de Germán León. La esquina enclavada al norte del cruce de la avenida Miranda con la calle Marcano, aún se conoce con el nombre de "Esquina de Rufinito", adonde, por décadas, aquél atendiera una pulpería de su propiedad.
Faltaría por aclarar las características del automóvil aludido en mi mutilado expediente. Ojalá que esas características correspondan a las del De Dion Bou ton de que habla el maestro Subero. De no ser así, habría que cambiar el curso de la historia del automovilismo en Margarita, pésele o no a nuestro gratísimo Jesús Manuel Subero.
Del libro, Margarita Bajo Ruedas de Nicanor Navarro.


ACERCA DE NAVEGACIÓN, PESTES Y LA GRIPE ESPAÑOLA

“Cuando menos cubre toda la primera mitad del siglo XX la navegación marítima como factor determinante del arribo de enfermedades y brotes epidémicos, es decir padecimientos de aparición súbita y número llamativo de pacientes, asunto el cual indudablemente se puede y debe relacionar con los desembarcos. 
Hay enfermedades crónicas que no hacen noticia sino para los médicos que las incluyen dentro de su repertorio de diagnósticos: unas vienen de otras latitudes y llegaron con los personas que migraban para después pasar a los nativos, algo que antes de la incorporación de los aviones como medios de trasporte masiva, estaba muy consustanciado con el tráfico marítimo y a lo interno de los países con la vinculación acuática mediante lagos y ríos utilizados para el intercambio comercial y la movilidad de los pueblos de las diversas regiones del hinterland. No siempre los controles e incluso los cordones sanitarios fueron suficientes para evitar la propagación de enfermedades contagiosas.
Rosendo Gómez Peraza. Había nacido en 1862 en Zaraza, estado Guárico, este médico graduado por la UCV que estuvo preso desde el 25 de marzo de 1908 hasta el 10 de abril del mismo año en la tristemente célebre Cárcel de la Rotunda. Fue preso porque el gobierno de la época, presidido por el general Cipriano Castro, lo acusó de perturbador del orden público y desestabilizador de la causa restauradora –explica el cronista trujillano Pascual Villegas.
El hecho ocurrió así: siendo jefe de la Medicatura del puerto de La Guaira, en marzo de 1908, el doctor Rosendo Gómez Peraza fue llamado de urgencia para que fuera al cerro Los Cachos a visitar un enfermo. Vio el enfermo y le diagnosticó “...peste bubónica y comentó el suceso en el café de la estación del ferrocarril en La Guaira, en presencia del cónsul de los Estados Unidos, quien refirió el hecho a Caracas.” (Fundación Polar. ‘Diccionario de Historia de Venezuela’. Caracas, 1997, Tomo D/L, p. 528).
Ratas portadoras del mal desembarcaron en el puerto y contagiaron a la población. Cualquiera de las naves que había atracado por aquellos días pudo ser la importadora del mal. La primera apreciación diagnóstica no le agradó al general Cipriano Castro, quien reaccionó violentamente ordenando enseguida la prisión, en la Cárcel de la Rotunda, del médico Gómez Peraza, por falsa alarma y sembrador de pánico. 
Sin embargo, después de encarcelado Gómez Peraza, el general Castro envió al sabio trujillano, Rafael Rangel, hasta La Guaira para que verificara el diagnóstico de Gómez. “. Rangel no pudo comprobar la presencia del bacilo pestoso en el paciente de Gómez Peraza y así lo hizo saber a las autoridades”. 
Los afanes de investigador que caracterizaron al sabio Rangel lo hicieron insistir en la búsqueda y dejó encargados a algunos médicos de La Guaira para que lo llamaran, si se presentaba algún enfermo sospechoso. Días más tarde lo llamaron “…para examinar un caso de reciente aparición; comprueba la presencia del Cocobacilo de Yersin y Kitasato, lo participa de inmediato al Presidente de la República quien contesta autorizándolo en forma amplia para tomar todas las disposiciones necesarias a fin de extinguir con la mayor celeridad la peligrosa epidemia”.
En crónica publicada en el diario El Tiempo (Valera, estado Trujillo) escrita desde su bohío por Pascual Villegas, gracias a “este hallazgo del Bachiller Rangel, el doctor Rosendo Gómez Peraza logró salir de la Cárcel de la Rotunda e incorporarse de inmediato en la lucha activa contra la enfermedad, logrando dominarla en julio de 1908; después de seguir las severas previsiones ordenadas por el sabio trujillano. Entre esas severas previsiones está la de haber incinerado cuatro ranchos en las afueras de La Guaira que constituían focos peligrosos en donde habían contraído la enfermedad varias personas”. Pero al comienzo de su intervención el sabio Rangel tuvo un fallo que pesó demasiado en su conciencia no obstante las eximias contribuciones que aun la patria le debe. 
Quienes conocieron al doctor Gómez Peraza (murió en Caracas el 30.05. 1953) le reconocen su desempeño durante la lucha contra la epidemia de gripe española que comenzó en 1918. Uno de los hijos del general Gómez figuró entre las víctimas fatales estimadas en 200.000 personas.
“Catarro de dos días”. A fines de septiembre de 1918 la llamada Gripe Española llegó a La Guaira, desde donde subió a Caracas y de ahí a todo el país al que le costó unas 200 mil víctimas fatales. 
Los primeros registros de decesos por la enfermedad en el Distrito Capital muestran un fallecimiento el primero de octubre en La Candelaria y otro en Catedral, mostrando otra defunción el día seis en San Juan y el doce en Altagracia. En un principio no llamaron particularmente la atención hasta que estalló con gran virulencia el día 15 en Maiquetía y el 23 en Caracas. Al llegar noviembre, se alcanzó la etapa más grave de la epidemia, registrándose un máximo de 98 muertes al día en la capital, bajando lentamente hasta diciembre, cuando se registraban unas cinco o seis muertes al día.
Al principio la reacción oficial fue lenta, negando la existencia de una epidemia aparentemente para mantener una sensación de calma ante Juan Vicente Gómez. Las comunicaciones que se le envían tratan de restarle gravedad a la enfermedad. El ministro del Interior, general Ignacio Andrade, telegrafía el 16 de octubre a Gómez: “La verdad que le han comunicado de epidemia en La Guayra, es exagerada… Sólo hay un catarro que da con fiebre que dura dos días”. Sin embargo, el rápido avance de la epidemia hizo imposible el seguir negando la situación, por lo que se dispuso que cada ejecutivo estadal ejecutara planes sanitarios, regidos por una Junta de Socorro. La del Distrito Capital estuvo presidida por el doctor Luis Razetti, secretario de la Academia Nacional de Medicina.
José Rafael Pocaterra incluyó el tema de la Gripe Española en ‘Memoria de un venezolano de la decadencia’. Desde la perspectiva científica existe el estudio de la doctora Dora Dávila, publicado el año 200o por la Universidad Católica Andrés Bello. A nuestros gobiernos, de ayer y después, los atemorizan más los efectos publicitarios de las pestes y en general las enfermedades que los estragos ocasionados a la población”.
Texto tomado del libro “De Babor a Estribor, reseñas de la navegacón en Venezuela”. Tomo I. Alfredo Schael y Fabián Capecchi. Editor Ramón Rivero Blanco. Fundación Museo del Transporte. Caracas 2014.
En el espacio en facebook Historia Náutica de Venezuela, fundada y dirigida por Ramón Rivero Blanco, llama la atención sobre lo siguiente: “Excepto el cañonero “Miranda” todos los buques de nuestra Armada Nacional fueron azotados por la “Grippe Española” en 1918. 
El capitán de corbeta C. Márquez Reyes, primer comandante del crucero “Mariscal Sucre” en su informe del año de 1918 escribe “…El 23 de Octubre se presentó a bordo la epidemia de grippe que azotó a casi toda la República, de la cual murieron: el Primer Comandante, Capitán de Fragata J. Rafael Lares, el 30 de Octubre, a cuyo cadáver le fueron tributados los honores correspondientes; los Condestables Demetrio Isea Marín y León Duno, el 3 de Noviembre ; y el cañonero Clemente Velázquez, el 6 del mismo mes…”. 
Así mismo, el primer comandante del crucero “General Salom” teniente de primera clase Eduardo Héctor Machado, reporta: “…Durante la epidemia de grippe, la cual atacó a todo el Personal, hubo que lamentar la muerte de un marinero y un carbonero. Es digna de loa la actitud del Ministerio de Guerra y Marina, quien hizo prestar a los enfermos los mayores cuidados, por cuyo motivo el Personal del buque se siente lleno de gratitud…”. 
El primer comandante del cañonero “Miranda”, capitán de corbeta Agustín Andrade, escribe: “…El cañonero "Miranda"] Fue el único buque de la Armada que se salvó de la grippe…”.
Leyendas: 1. Ni las carretas ni las pocas ambulancias que había en la capital bastaban para el traslado de los muertos causados por la Gripe Española. En la fotografía tomada de El Universal, una de las primeras ambulancias de la beneficencia públicas del Distrito Federal. 2. Fachada oeste del Hospital Vargas en 1917.

LÍNEA DE VAPORES DE JUAN JOSÉ BRECA.

La investigadora, historiadora y escritora Mirla Alcibíades ofrece en su columna del diario El Nacional correspondiente al 1/7/2016, una interesante referencia relativa al desarrollo a partir de 1877 de los servicios de cabotaje marítimo entre La Guaira y Barcelona (estado Anzoátegui) con toques en puertos intermedios. La noticia procede de sus investigaciones acerca de un comerciante que entreteje su vida con otras actividades incluidas varias de corte cultural que dan nombre y sentido a la crónica con la cual deleita e informa Alcibíades de los desempeños de J. J. Breca. Algunas de las consideraciones sobre el también empresario náutico las copiamos del referido artículo de prensa:
“En sus versos, crónicas, ensayos y artículos de prensa, siempre firmaba así: J. J. Breca. No sé por qué silenciaba sus nombres de bautismo. No había razones porque, en realidad, en su tiempo se sabía que se llamaba Juan José. Probablemente por ser identificado de todos no consideró necesario apuntar lo que se daba por obvio.
De paso a otro asunto, había nacido en La Guaira en 1835. En esa población murió en 1908. Tuvo una vida rica en experiencias productivas. Quienes revisamos prensa, libros, hojas sueltas, manuscritos y libros del siglo lo encontramos con regularidad.
Con frecuencia había visto publicados sus versos y prosas en periódicos y revistas. Esas producciones se volcaron al registro de las costumbres de su tiempo. Gracias a esos materiales, en el presente sabemos cuáles eran los códigos amorosos de esas décadas, cómo era una velada gastronómica tanto en casa como en los restaurantes de las ciudades que visitaba. En esas líneas nos cuenta de qué manera se conmemoraban las fiestas religiosas o las diversiones profanas. En suma, se volcó a ofrecer un registro puntual de su tiempo.
También escribió piezas de teatro. De hecho, varias de ellas vio representar con pleno apoyo de público. Por ejemplo, en junio de 1878, en el teatro de su ciudad natal, se representó Poder de un relicario. Una de las actrices que llevó a las tablas esta oferta del venezolano fue nuestra conocida Adela Robreño (quienes siguen esta columna con regularidad, recordarán que escribí sobre ella hace algún tiempo)*.
Dicho lo anterior, nos ha quedado claro lo referido al mérito literario del autor. No sucede lo mismo con la noticia que habla de su condición de comerciante. De este quehacer sabemos poco. ¿A qué tipo de actividad de esta naturaleza se dedicaba este guaireño? ¿Cuál era su medio de subsistencia?
Admito que no conozco las actividades comerciales de Juan José Breca. Sí he podido identificar un ejercicio productivo de importante repercusión nacional que le correspondió adelantar. Un diario caraqueño anunciaba en 1877 la celebración de un contrato entre el Gobierno y Juan José Breca, "para la instalación de un vapor entre La Guaira, Río Chico, Barcelona y puertos intermedios".
La nueva línea de vapores cumplía el referido circuito en periodicidad semanal. Desde luego, los elogios que se prodigaron al nuevo empresario no escasearon. En algún momento me he preguntado si los vapores que cubrían la ruta, fueron adquiridos en Estados Unidos. La pregunta tiene razón de ser porque, en 1873, Breca se encontraba en Nueva York.
En esa ciudad escribió algunos textos en inglés y francés. No sé si los publicó en aquella ciudad, pero lo cierto es que los reunió en su más que apreciable volumen Páginas guaireñas. Ese material compiló sus producciones desde la década de 1850 y fue impreso en Caracas, en 1884.
También fundó en esa misma ciudad un periódico de corte humorístico que llamó El Punch. Lo hizo público en 1890. El título lo tomó de su homónimo londinense, pero los contenidos fueron nacionales.
No obstante, las noticias sobre Juan José Breca que he reseñado dicen poco sobre su relación con el gobierno de Antonio Guzmán Blanco. Para conocer sus puntos de vista al respecto (nada amigables con el autócrata, por cierto), hay que acudir a sus manuscritos y libretas de recortes de prensa. Esos materiales se resguardan en la Sala de Libros Raros y Manuscritos de la Biblioteca.
Quienes admiran sin restricciones la labor de gobierno guzmancista, deberían pasearse por esas páginas. Les aseguro que, una vez leídas, su valoración inicial se habrá tornado en contra.
(alcibiadesmirla@hotmail.com).


Juan José Breca La Guayra 1835 - Caracas 1906

INGENIEROS VENEZOLANOS EN LAS OBRAS DEL CANAL DE PANAMÁ

Unos 25 ingenieros venezolanos que por diferentes motivos han residido en Panamá los últimos años tomaron parte en las obras de ampliación del canal recién ampliado y mejorado en su capacidad operativa para dar cabida a los mercantes y otros barcos de mucho mayor calado que los que históricamente lograban cruzar ese punto estratégico en las conexiones marítimas entre el océano Pacifico y el mar Caribe. Lo destaca desde Catia La Mar el ingeniero Alejandro Cabrera Pérez quien a los dos hermanos Russo Caraballo los conoció cuando eran niños en La Guaira. Jesús Russo Caraballo, es uno de los nietos del oficial de la marina mercante nacional, Pedro Caraballo, capitán de altura, último director que tuvo la antigua Escuela Náutica de Catia la Mar antes de la conversión de la misma en Universidad Marítima, cuando fue jubilado. 
El padre del ingeniero Jesús Russo Caraballo, Iñaki, también capitán de altura, pasó de ocupar importante cargo en PDVSA-Marina, a verse forzado a marcharse al extranjero luego de los eventos del 2002 que afectaron el funcionamiento de la petrolera nacional por el paro y subsiguientes medidas gubernamentales que penalizaron a miles de integrantes del personal de planta de PDVSA. 
Las obras de ampliación del canal de Panamá exigieron entre otros detalles significativos, la remoción de más tierra que la movida para la apertura inicial hace justo un siglo cuando Estados Unidos se involucró en el proyecto con la inclusión de miles de trabajadores de casi de todas las nacionalidades, con un costo muy alto en vidas. 
En las fotografías vemos un grupo reducido de los veinte y más ingenieros nacidos en Venezuela que estuvieron contratados por las empresas a cargo de los diferentes frentes de trabajo abiertos para llevar a conclusión las obras planificadas. Son estos ocho, de izquierda a derecha: María Navarro, Felipe Rincón, Daniel Ramírez, Joel Caruso, Juan Cangelosi, Jesús Russo Caraballo, Karlos Azuz y Antonino Nápoli. Aparte, en la otra foto vemos al ingeniero Jesús Russo Caraballo, al lado de un barco chino cuando atravesaba una de las nuevas esclusas durante el proceso de pruebas para confirmar la eficacia procurada. No se descarta que otros venezolanos laboraron en la ampliación del canal en funciones diferentes a las de los ingenieros graduados contratados por sus calificaciones y respectivas especialidades.




Quinta Santa Inés oficinas del GFV

A propósito de una fotografía color nueva y el montaje retro que sobre la misma hizo don Carlos Lachica, publicada en Caracas en Retrospectiva Facebook, el colaborador de dicho espacio fundado y dirigido por María Sigilio, Gilberto Gil refutó que la quinta Villa Santa Inés, antigua mansión presidencial crespista en Caño Amarillo, alguna vez sirviera de asiento a servicios ferroviarios.
Lachica aclaró lo siguiente: “Luego de ser residencia presidencial, en ella se establecieron las oficinas principales del GFV al vender la viuda de Crespo (Doña Jacinta) en el año 1907 el inmueble a esta empresa, posteriormente en el año 1943 al pasar los bienes del GFV a la nación se establece en parte de ella la Cartografía Nacional y en 1955 la Cartografía Militar quien a partir de 1967 pasa esta ultima a ocupar la totalidad de la Villa hasta fechas posteriores en la cual pasa a ser sede del IPCN”. A lo anterior, Gil escribió: “Tiene razón el señor Carlos Lachica:
“Luego de la muerte de Crespo, su familia siguió habitando la Villa, hasta que en 1907 su viuda, doña Jacinta, la vendió a la Compañía del Gran Ferrocarril de Venezuela, quienes instalaron allí su oficina principal.
En 1943, cuando los bienes de la compañía fueron traspasados a la Nación, la Villa pasó a albergar las oficinas de la Cartografía Nacional, y desde 1955, cuando ya ha desaparecido los ferrocarriles Caracas-La Guaira y Caracas-Valencia, se instala en ella la oficina de la Cartografía Militar.
La Villa: Espacio histórico ... - Instituto del Patrimonio Cultural…”.
Agreguemos pues no todo el mundo puede que lo sepa, que los faetones que aparecen estacionados en la antigua fotografía empleadas para la composición que contrasta dos momentos de Villa Santa Inés,se constituyeron en la competencia para el ferrocarril que bajaba a Maiquetía y La Guaira. Operaban como carros por puesto o taxis no sólo metroplitanos porque quien había perdido el tren o no podía o deseaba aguardar la salida del próximo en horas la tarde, accedía a compartir el carro de seis puestos o lo tomaba para sí solo. En cierta manera, desde este punto de la ciudad, como competencia para el tren que operaba en horas puntuales casi nunca alteradas salvo por inconveniente mayor de la empresa inglesa operadora, y desde otros de la capital, perfectamente descritos en los textos en los que aluden al desarrollo del transporte colectivo caraqueño, nació la industria del carro por puesto tanto en las rutas extra urbanas como en las internas de la ciudad, dominantes actuales de la escena del transporte colectivo de superficie, claro está que con las camioneticas, "yises" y autobusetes que prestan tal servicio



Varios arquitectos han tenido relación con la existencia del Museo del Transporte

Varios arquitectos han tenido relación con la existencia del Museo del Transporte. 
Para comenzar -entre otros- Carlos Guinand Sandoz, proyectista del Museo de Caracas, un desarrollo previsto para el espacio que ocupa el Museo del Transporte. Graziano Gasparini, quien diseñó la fachada e interior del Salón de Coches o Cochera donde guardamos la invaluable colección de carruajes en gran parte donación en 1970 de la Fundación Mendoza; Ruth Neumann, autora de la colección de maquetas a escala de la Caracas de los años 30, uno de nuestros mayores atractivos y patrimonios. 
José Miguel Ferrán, fue miembro de la Junta Directiva, y el recientemente fallecido arquitecto Francisco Oliva Esteva, entusiasta defensor de revivir los ferrocarriles, planeó un circuito que con fines turísticos enlazara el Museo del Transporte con el Parque del Este y La Carlota (de la que era poco amigo como campo de aviación), muy ligado al proyecto del tren de El Encanto en los años 70, gran amigo de Antonio Agostini. ex director del Parque del Este, primer presidente Inparques y del grupo promotor y fundador (1967-1970) del Museo del Transporte. Carlos Coll Rojas dejó una propuesta que su repentina y sentida muerte del amigo dejó pendiente.
Hemos contacto con la amistad y cooperación del arquitecto Ricardo Rodríguez Boades, quien a veces nos visita y deleita con sus conversaciones. También de otros amigos ligados a la arquitectura como Ruth Heath. Para todos, siempre, nuestro reconocimiento y admiración a aquellos que lo merecen del mismo modo que somos solidarios de la acción de profesionales como Hannia Gómez en defensa del patrimonio arquitectónico del país.

Sobre Pedro Linares

A propósito del personaje a quien Caracas también le debe el impulso decisivo para que Caracas tuviera su hospital para niños para lo cual se edificó la que es actual sede de los servcios médicos que presta en la capital la Cruz Roja Venezolana, uno de los pocos hospitales que esta organización opera en el mundo, donde no existe lugar en donde no esté representada. Tomado del libro Caracas la ciudad que no vuelve. 
Autor: Guillermo José Schael