viernes, 5 de agosto de 2016

ACERCA DE NAVEGACIÓN, PESTES Y LA GRIPE ESPAÑOLA

“Cuando menos cubre toda la primera mitad del siglo XX la navegación marítima como factor determinante del arribo de enfermedades y brotes epidémicos, es decir padecimientos de aparición súbita y número llamativo de pacientes, asunto el cual indudablemente se puede y debe relacionar con los desembarcos. 
Hay enfermedades crónicas que no hacen noticia sino para los médicos que las incluyen dentro de su repertorio de diagnósticos: unas vienen de otras latitudes y llegaron con los personas que migraban para después pasar a los nativos, algo que antes de la incorporación de los aviones como medios de trasporte masiva, estaba muy consustanciado con el tráfico marítimo y a lo interno de los países con la vinculación acuática mediante lagos y ríos utilizados para el intercambio comercial y la movilidad de los pueblos de las diversas regiones del hinterland. No siempre los controles e incluso los cordones sanitarios fueron suficientes para evitar la propagación de enfermedades contagiosas.
Rosendo Gómez Peraza. Había nacido en 1862 en Zaraza, estado Guárico, este médico graduado por la UCV que estuvo preso desde el 25 de marzo de 1908 hasta el 10 de abril del mismo año en la tristemente célebre Cárcel de la Rotunda. Fue preso porque el gobierno de la época, presidido por el general Cipriano Castro, lo acusó de perturbador del orden público y desestabilizador de la causa restauradora –explica el cronista trujillano Pascual Villegas.
El hecho ocurrió así: siendo jefe de la Medicatura del puerto de La Guaira, en marzo de 1908, el doctor Rosendo Gómez Peraza fue llamado de urgencia para que fuera al cerro Los Cachos a visitar un enfermo. Vio el enfermo y le diagnosticó “...peste bubónica y comentó el suceso en el café de la estación del ferrocarril en La Guaira, en presencia del cónsul de los Estados Unidos, quien refirió el hecho a Caracas.” (Fundación Polar. ‘Diccionario de Historia de Venezuela’. Caracas, 1997, Tomo D/L, p. 528).
Ratas portadoras del mal desembarcaron en el puerto y contagiaron a la población. Cualquiera de las naves que había atracado por aquellos días pudo ser la importadora del mal. La primera apreciación diagnóstica no le agradó al general Cipriano Castro, quien reaccionó violentamente ordenando enseguida la prisión, en la Cárcel de la Rotunda, del médico Gómez Peraza, por falsa alarma y sembrador de pánico. 
Sin embargo, después de encarcelado Gómez Peraza, el general Castro envió al sabio trujillano, Rafael Rangel, hasta La Guaira para que verificara el diagnóstico de Gómez. “. Rangel no pudo comprobar la presencia del bacilo pestoso en el paciente de Gómez Peraza y así lo hizo saber a las autoridades”. 
Los afanes de investigador que caracterizaron al sabio Rangel lo hicieron insistir en la búsqueda y dejó encargados a algunos médicos de La Guaira para que lo llamaran, si se presentaba algún enfermo sospechoso. Días más tarde lo llamaron “…para examinar un caso de reciente aparición; comprueba la presencia del Cocobacilo de Yersin y Kitasato, lo participa de inmediato al Presidente de la República quien contesta autorizándolo en forma amplia para tomar todas las disposiciones necesarias a fin de extinguir con la mayor celeridad la peligrosa epidemia”.
En crónica publicada en el diario El Tiempo (Valera, estado Trujillo) escrita desde su bohío por Pascual Villegas, gracias a “este hallazgo del Bachiller Rangel, el doctor Rosendo Gómez Peraza logró salir de la Cárcel de la Rotunda e incorporarse de inmediato en la lucha activa contra la enfermedad, logrando dominarla en julio de 1908; después de seguir las severas previsiones ordenadas por el sabio trujillano. Entre esas severas previsiones está la de haber incinerado cuatro ranchos en las afueras de La Guaira que constituían focos peligrosos en donde habían contraído la enfermedad varias personas”. Pero al comienzo de su intervención el sabio Rangel tuvo un fallo que pesó demasiado en su conciencia no obstante las eximias contribuciones que aun la patria le debe. 
Quienes conocieron al doctor Gómez Peraza (murió en Caracas el 30.05. 1953) le reconocen su desempeño durante la lucha contra la epidemia de gripe española que comenzó en 1918. Uno de los hijos del general Gómez figuró entre las víctimas fatales estimadas en 200.000 personas.
“Catarro de dos días”. A fines de septiembre de 1918 la llamada Gripe Española llegó a La Guaira, desde donde subió a Caracas y de ahí a todo el país al que le costó unas 200 mil víctimas fatales. 
Los primeros registros de decesos por la enfermedad en el Distrito Capital muestran un fallecimiento el primero de octubre en La Candelaria y otro en Catedral, mostrando otra defunción el día seis en San Juan y el doce en Altagracia. En un principio no llamaron particularmente la atención hasta que estalló con gran virulencia el día 15 en Maiquetía y el 23 en Caracas. Al llegar noviembre, se alcanzó la etapa más grave de la epidemia, registrándose un máximo de 98 muertes al día en la capital, bajando lentamente hasta diciembre, cuando se registraban unas cinco o seis muertes al día.
Al principio la reacción oficial fue lenta, negando la existencia de una epidemia aparentemente para mantener una sensación de calma ante Juan Vicente Gómez. Las comunicaciones que se le envían tratan de restarle gravedad a la enfermedad. El ministro del Interior, general Ignacio Andrade, telegrafía el 16 de octubre a Gómez: “La verdad que le han comunicado de epidemia en La Guayra, es exagerada… Sólo hay un catarro que da con fiebre que dura dos días”. Sin embargo, el rápido avance de la epidemia hizo imposible el seguir negando la situación, por lo que se dispuso que cada ejecutivo estadal ejecutara planes sanitarios, regidos por una Junta de Socorro. La del Distrito Capital estuvo presidida por el doctor Luis Razetti, secretario de la Academia Nacional de Medicina.
José Rafael Pocaterra incluyó el tema de la Gripe Española en ‘Memoria de un venezolano de la decadencia’. Desde la perspectiva científica existe el estudio de la doctora Dora Dávila, publicado el año 200o por la Universidad Católica Andrés Bello. A nuestros gobiernos, de ayer y después, los atemorizan más los efectos publicitarios de las pestes y en general las enfermedades que los estragos ocasionados a la población”.
Texto tomado del libro “De Babor a Estribor, reseñas de la navegacón en Venezuela”. Tomo I. Alfredo Schael y Fabián Capecchi. Editor Ramón Rivero Blanco. Fundación Museo del Transporte. Caracas 2014.
En el espacio en facebook Historia Náutica de Venezuela, fundada y dirigida por Ramón Rivero Blanco, llama la atención sobre lo siguiente: “Excepto el cañonero “Miranda” todos los buques de nuestra Armada Nacional fueron azotados por la “Grippe Española” en 1918. 
El capitán de corbeta C. Márquez Reyes, primer comandante del crucero “Mariscal Sucre” en su informe del año de 1918 escribe “…El 23 de Octubre se presentó a bordo la epidemia de grippe que azotó a casi toda la República, de la cual murieron: el Primer Comandante, Capitán de Fragata J. Rafael Lares, el 30 de Octubre, a cuyo cadáver le fueron tributados los honores correspondientes; los Condestables Demetrio Isea Marín y León Duno, el 3 de Noviembre ; y el cañonero Clemente Velázquez, el 6 del mismo mes…”. 
Así mismo, el primer comandante del crucero “General Salom” teniente de primera clase Eduardo Héctor Machado, reporta: “…Durante la epidemia de grippe, la cual atacó a todo el Personal, hubo que lamentar la muerte de un marinero y un carbonero. Es digna de loa la actitud del Ministerio de Guerra y Marina, quien hizo prestar a los enfermos los mayores cuidados, por cuyo motivo el Personal del buque se siente lleno de gratitud…”. 
El primer comandante del cañonero “Miranda”, capitán de corbeta Agustín Andrade, escribe: “…El cañonero "Miranda"] Fue el único buque de la Armada que se salvó de la grippe…”.
Leyendas: 1. Ni las carretas ni las pocas ambulancias que había en la capital bastaban para el traslado de los muertos causados por la Gripe Española. En la fotografía tomada de El Universal, una de las primeras ambulancias de la beneficencia públicas del Distrito Federal. 2. Fachada oeste del Hospital Vargas en 1917.

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