jueves, 21 de enero de 2016

Estatua de Guzmán Blanco arriba y abajo frente al Capitolio

  Fundhea, bajo la dirección de Derbys López Suárez, organiza paseos dirigidos a la divulgación de aspectos íntimos del patrimonio histórico de Caracas, las entrañas del Ávila (Wuaraira Repano) y La Guaira. 
  La programación incluye la opción identificada "El ego de dos presidentes". La denomina así por prevalecer el recuento de la decisión del doctor y general Antonio Guzmán Blanco (Caracas, 1829-París, 1898), de acometer en el cerro de El Calvario, la primera intervención paisajística en el país, la cual debía quedar coronada con una pieza escultórica dedicada a su persona. 
  Quienes asisten a este paseo de Fundhea escuchan de labios de Derbys el triste desenlace a manos del pueblo indignado debido a los desafueros del guzmanato liberal (a lo largo de tres mandatos e interpuestos, entre 1870 y 1888), tanto de la estatua ubicada en El Calvario, a la que dieron en llamar “Mangazón”, como de aquella a la cual también por el decir de Nicanor Bolet Peraza, toma la denominación con la que aún el vulgo la recuerda: “El saludante”, erigida por orden del congreso en 1875. 
  Esta última no es otra que la pieza ecuestre de gran formato, proporcionado respecto al lugar donde la ubicaron en medio de la plaza que adornó todo espacio (de la esquina de Bolsa a San Francisco), entre la Universidad y el Palacio Federal edificado (primera parte en 1873) en apenas cien días, también según instrucciones del presidente Guzmán Blanco, “poderoso caballero de la irreal realidad venezolana” –afirma el Maestro historiador Guillermo Morón 

Arriba y abajo 

  En dos ocasiones, toda clase de gente toma parte en el derrumbe de los monumentos visto el consentimiento político producto de posiciones desencontradas, ambiciones y deslealtades además de nuestra propensión al pichipichaque. Estudiantes tomaron parte activa en ambos movimientos populares desatados, el primero en 1879 cuando a ambos los echaron al piso sin reparar de la calidad artística del diseño y lo bien plasmada en ambas la figura de Guzmán Blanco. 
  Reerigidos, “El Saludante” como “Manganzón” los demuelen definitivamente en 1889, al no más caer Guzmán. Literalmente los desguaza la turba embravecida que del caído hizo cuanto le antojó a pesar de tanto bronce y lo imponente de las piezas escultóricas. 
  De “El saludante” existen fragmentos, uno es el correspondiente al torso, conservado a la vista del público en el Museo de la Fundación Boulton, situado en la Plaza El Panteón. En este museo también encontraremos un puño del “Manganzón” mientras que bajo resguardo de la Galería de Arte Nacional figura nada menos que la cabeza también del “Manganzón”. O sea, existen tres secciones de esta última escultura y una correspondiente a “El Saludante”. 
  De ambas estatuas existen grabados y fotografías. En la ecuestre, Guzmán aparecía con un tricornio en mano, como si tuviese empeñado en dar un saludo perenne. La segunda estatua asumia caracteres majestuosos –apuntan quienes la han analizado. 
  Investigaciones que lleva a cabo Derbys López en el Archivo Nacional de Venezuela, lo conducen a precisar la intención de que tanto el monumento al Libertador en la Plaza Bolívar de Caracas, como los dos homenajes a Guzmán Blanco, se inaugurarán en la misma fecha y año (1874). Esto no pudo ocurrir. 
  También, que nuestro notable artista Ramón Bolet Peraza actuó como comisionado del gobierno en la ejecución y supervisión de las estatuas diseño del artista Joseph-Alexis Bailly fundida por Robert Wood, en Filadelfia, Estados Unidos, durante la primera presidencia del Ilustre Americano al igual que la del “Manganzón”, también concebida por Bailly, nacido en París en 1823 o 1825, cuya muerte ocurre el año 1883 en Filadelfia, donde pasó la mayor parte de su carrera luego de estudios y permanencias temporales europea y Argentina. Docente en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania, como tallista se le considera excepcional entre los artistas estadounidenses del siglo XIX al igual que como escultor que entre sus piezas celebradas, figuran personajes de la independencia de Estados Unidos, temas religiosos además de las estatuas de Guzmán Blanco esculpidas y fundidas en bronce entre 1875-1879. 
  En parte la instalación simultánea del trío de monumentos fue imposible debido a que Bailly y Wood alargan los plazos de entrega de sus obras al no recibir los pagos comprometidos, razón para retenerlas en Filadelfia, donde las esculpe y funde en presencia de Ramón Bolet, quien a tales efectos permaneció en Estados Unidos ocupado en las diligencias relacionadas con la mejor realización de ambos proyectos. El general Nicanor Bolet Peraza, hermano del artista Ramón Bolet, promotor de las bellas artes en nuestro país, entre otras la escultura, en el ámbito político fomentó el monumento ecuestre dedicado a Guzmán Blanco en Caracas pero cambió de bando y así se contará entre los congresantes promotores de derrumbar lo que dos años antes se edificó con pedestal encomendado a Ramón Bolet como soporte de los bronces “El Saludante”, como “Mangazón”, completados con esmero por J. A, Bailly entre 1875 y 1879. 
  Las hermosa fachada gotizante para los locales adecuados de los locales de la Universidad de Central de Venezuela (hoy Palacio de Las Academias) como del Museo de Caracas (donde luego funcionó la antigua Biblioteca Nacional más el de la sede de la Corte Federal de Justicia y de Casación o Corte Suprema de Justicia), en la esquina de La Bolsa, al igual que el Panteón Nacional, fueron inauguradas en las mismas fechas coincidiendo con las dos estatuas de Guzmán Blanco en la Caracas de la segunda mitad de la octava década del siglo XIX. 
  Cabe recalcar que fue el general Guzmán Blanco quien dispuso erigir y contrata en Europa el vistoso monumento ecuestre al Libertador (réplica de la que se encuentra ubicada en Lima, cuyo autor fue el escultor Adamo Tadolini; la réplica ubicada en Caracas es obra de Escipión Tadolini, hijo del primero). El molde utilizado para realizar ambas estatuas fue fabricado por la Fundición Von Müller, con sede en Múnich, Alemania. Bronce, aleación de 90% de cobre. Mide cuatro metros de altura. Representa a Simón Bolívar sobre un caballo erguido sobre sus patas traseras) ubicada en la Plaza Bolívar de Caracas, cuya historia no está desprovista de percances como tampoco de belleza y la majestuosidad debidas al padre de la patria. 
  Quizás el mayor problema fue que el bergantín Thora, donde venían en cajas el monumento, encalla y se hunde en Los Roques pero fue rescatado gracias a la tenacidad de pescadores y buzos guaireños. Finalmente Guzmán la inauguró el 7 de noviembre de 1874 aunque estaba previsto fuese antes, en ocasión del día de San Simón (28 de octubre). 

Detalles del derribo 

  En un artículo publicado el año 2015 en el diario El Universal, Manuel Azpúrua ofrece una síntesis magnífica de los agravios contra tres estatuas que para regocijo propio, el general Guzmán hizo emplazar en su ciudad natal, a cuyas reformas contribuyó con un plan de ornato público y edificaciones con ciertos ribetes de majestuosidad, con el cuales algo borra de la triste apariencia urbana atribuible a la guerra de Independencia y la Federal. Narra Azpurua: 
  “Enfrente del Capitolio, muy cerca de la vieja sede de la Universidad Central -esquina de San Francisco-, se hallaba una estatua ecuestre de Guzmán, que el público denominaba "El saludante", otra pedestre en El Calvario, llamada "Manganzón", erigidas en 1875 y 1876, respectivamente, habían sido tiradas al suelo por manos anónimas, en 1879 y respuestas poco después, y la de su padre en la plaza de San Jacinto, frente al Casa Natal del Libertador (1883). Una nutrida manifestación procedió a colocar una soga en el cuello de "El saludante", partiéndose el bronce en el suelo en 3 pedazos, acto seguido siguieron hacia El Calvario e hicieron lo propio con el "Manganzón", y por último la muchedumbre se trasladó a la plaza de El Venezolano, procediendo de la misma manera con la figura de mármol de Leocadio Guzmán. La multitud gritaba ¡Muera Guzmán! ¡Muera Leocadio! Aunque ya estaba muerto, había fallecido el 13 de noviembre de 1884; y aclamando a Rojas Paúl. A "sotto voce", se decía que un policía, la noche anterior, había aflojado las tuercas que sujetaban las imágenes. El gobernador del Distrito Federal, Francisco Batalla, notificó del hecho al prefecto, general Giuseppe Monagas, quien observó de cerca los acontecimientos sin atreverse a reprimir a la multitud. Expresó Monagas: "-Contener al pueblo por la fuerza hubiera costado desgracias inevitables, y ante esta circunstancia se sintió impotente la autoridad municipal, quien se vio ahogada por aquel concurso de ciudadanos". 
  “Los periódicos caraqueños reseñaron el acontecimiento con grandes titulares, felicitando a los estudiantes y al pueblo de Caracas; entre ellos, "La Libertad", de Rómulo Guardia; "La Guillotina", de Miguel Eduardo Pardo; "El Despertar", de Luis Correa Flinter; "El Combate", de Eduardo O Brien; "El Heraldo Liberal, de Isaac Salas; "La Política, de Gustavo Terrero Atienza; y "El Eco Andino", del intelectual colombiano José María Vargas Vila, quien residía en Caracas para la época. Todos reconocieron la actitud democrática del presidente Juan Pablo Rojas Paúl; aunque los adulantes del autócrata lo llamaron "traidor", y autor intelectual de la caída de las estatuas, culpandolo tanto por comisión u omisión. 
  “El escritor colombiano Fernando González, describe a su contemporáneo Guzmán: "Es el hombre de las estatuas. Liberales del trópico en donde la luna y el sol alborotan la savia, la imaginación, los jugos vitales. Estatuas que derrumbaban cuando se iba a París y que reponían luego. El rastacuero simpático que compra un palacio en la calle Copérnico, en París, casa sus hijas con duques y marqueses de allá, construye teatros, concede el país a los extranjeros. Botarate, enamorado, verboso. En suma, la generosidad inconsciente del trópico". Pedro Emilio Coll, describe la adulación: "Los adictos del dictador, pendientes del vapor con cartas trasatlánticas de su "Jefe, Centro y Director" que leían con voces altisonantes, imitadas del insigne "Regenerador", ausente, reclinándose en sillones de Damasco, contemplándose en los espejos de cuerpo entero". 
  El agresivo acto de 1889 con presencia popular y beneplácito del gobierno contra “El saludante”, causó euforia entre los adversarios de Guzmán. Entre crónicas y versos publicados, cierta prensa curazoleña pues Venezuela vivía otro de los períodos en los que la libertad de expresión estaba sometida a los rigores de la censura o la autocensura, peor que la otra, dejó correr los siguientes anónimos: 

“¡Salve!¡Salve! Saludante 
¿Qué se hicieron tus coronas? 
Me las han vuelto moronas 

Los malditos estudiantes. 
Sobre mi dorso subieron, 
Me insultaron, me escupieron 
Y me dieron bofetones. 

Aunque se burlen de mí 
Y me falte el respeto, 
Mis contratos les espeto 
Desde la Rue Copernic. 

Yo soy un hombre tan macho 
Y tan versado en historia, 
Que a Páez le quité gloria 
Con una carta y un cacho”. 


Falto de modestia 

 La cronista fundadora del blog y espacio en facebook “Caracas en Retrospectiva”, Maria Sigilo, advierte en uno de sus escritos: “Guzmán Blanco no era modesto. Este era quizá el menor de sus pecados, y aunque proyectó y erigió este testimonio a su propia grandeza, pensó que luciría mejor a los ojos de la posteridad si se le otorgaba el crédito por el diseño artístico y la noble idea, de modo que la inscripción rezó así: ‘A el Ilustre Americano el pacificador y regenerador de los Estados Unidos de Venezuela, General Antonio Guzmán Blanco, la gratitud expresa de Caracas. 1874’. Y al lado opuesto del pedestal había otra leyenda: ‘Guzmán Blanco disipó la anarquía y estableció libertad; la paz, y la prosperidad de la República en el país, así como su dignidad en el exterior’”. 
  Eugene H. Plumacher, cónsul de los Estados Unidos de América en la ciudad de Maracaibo entre 1878 y 1910, dejó escrito en sus memorias analizadas por el investigador zuliano Germán Cardozo Galué, el comentario siguiente: “Bajo el régimen de Guzmán Blanco () muestras de abuso oficial no eran inusuales ya que una arrogancia estudiada y una ignorancia altiva eran parte de la política del Ilustre Americano...”. 
  En sus “Escritos de un salvaje”, Napoléon Pisani desliza su opinión del Ilustre Americano: Guzmán, un desertor de los ideales auténticos del Liberalismo a lo Zamora; siendo él, Guzmán, un hombre ávido de riquezas, un ser vanidoso que se mandó a erigir estatuas, que acosó con saña al sabio y noble Cecilio Acosta, que expulsó a José Martí del país, que les cortó las menguadas becas que el Gobierno les daba a Cristóbal Rojas y a Michelena, que estaban estudiando en la capital de Francia, porque ambos artistas se negaron a cumplir la frívola orden de Guzmán, de ir a seguir estudiando en Roma, pues, por aquella época estaba de moda en Francia que los artistas viajaran a estudiar en Italia… Además, siendo él, Guzmán, quien casó a su hija Carlota con un duque arruinado, para introducirla en el ambiente de la aristocracia europea. Esa boda se llevó a cabo, nada más y nada menos, que en la neoclásica y elitesca iglesia de la Magdalena en Paris. En esta ciudad creó Guzmán la Compañía Francesa de Ferrocarriles Venezolanos, en la que le dio una buena participación en este negocio a su ex-arruinado yerno, el duque de Morny”. 

Fidedigna narración de Francisco González Guinán. 
Guzmán, el más “sorprendido”. 

  En la monumental obra “Historia contemporánea de Venezuela”, Francisco González Guinand, al referirse a la decisión del Congreso de rendir homenaje al general Guzmán Blanco, expone entre tantos discursos y detalles: 
  “El 3 de octubre a las cinco de la tarde tuvo efecto en Caracas la ceremonia de la colocación de la primera piedra la estatua decretada por el Congreso al señor General Guzmán Blanco que debía erigirse en la plazuela entre el Capitolio y la Universidad. Presidió el acto la Comisión designada por el Congreso, y el señor Jacinto Gutiérrez, Presidente de la Comisión, dijo: «Bajo la invocación del Supremo Legislador del Universo, dispensador de todo bien, y en nombre del buen pueblo de los Estados Unidos de Venezuela procede la Comisión del Congreso á colocar la primera piedra de la Estatua ecuestre mandada á erigir en honor del General Guzmán Blanco, Ilustre Americano y Regenerador de la Patria, de conformidad con los actos legislativos de 19 de Abril de 1873 y 10 de julio de 1875». 
  “Después de colocada la primera piedra, se firmó una acta que autorizaron los miembros de la Comisión señores Jacinto Gutiérrez, Doctor S. Terrero Atienza, Heraclio M. de la Guardia, Doctor Laureano Villanueva, General J. J. Herrera, General Luis Sanavria, Ezequiel León, Melitón Pérez y Angel Álamo Herrera; los Ministros del Despacho señores Doctor Diego B. Urbaneja, Doctor Jesús María Blanco, Vicente Coronado, General Jesús María Paúl, General Miguel Gil, General Bartolomé Milá de la Roca y Doctor Roberto García: los Ministros Diplomáticos señores Dionisio Roberts, T. C. de Middleton, J. Brakel, Erwin Stammann, Maximo Des Noyers, Víctor L'Hóte y Antonio González de Estefany; y los Cónsules señores Guillermo Stiirup, Hugo Valentiner, N. P. Hellmund, H. E. L. Lange, J. P. Rojas Paúl, A. N. Morón y Hugo Zamory. Concluido el acto, la Comisión del Congreso, acompañada de muchos ciudadanos, se dirigió a la morada del señor General Presidente, le ofreció el palustre de plata cincelada con que se había ejecutado la operación…”. 
  El “General Guzmán Blanco, Ilustre Americano y Regenerador manifestó a propósito de la declaración del Congreso: “«Cuando el Congreso de 1873 tuvo a bien decretarme la estatua, creí que no debía oponerme á aquella resolución. Yo tenía entonces una profunda fe en que el país entero aceptaba con entusiasmo esta admirable transformación, sin ejemplo en la América del Sur, yo no vi entonces sino á la Revolución de Abril que quería honrarme glorificándose a sí misma. Mi personalidad la veía yo del lado allá del Poder, que nunca he codiciado y por el que jamás se ha inquietado mi ambición. Contaba con que la renuncia de los dos últimos años de mi elección sería admitida por el país, como un premio de reposo á que aspiraba mi fatigado espíritu, y como un tributo a la más importante de las reformas de nuestro pacto fundamental». 
  «Pero lo sabe Venezuela toda. Yo tuve la desgracia de que el respetable Cuerpo no aprobase la reforma de la Constitución y me impuso el durísimo deber de aceptar lo que renunciaba con todo mi corazón y con todo mi patriotismo. Se aproxima ya la época en que debo dejar el poder: yo descenderé de su solio como cumple á mi honor, demostrando que ninguna de las cosas que he hecho por engrandecer á mi patria y por regenerarla, las he dispuesto por el placer de mandar, placer que desconozco por completo y que no sé cómo puede existir cuando se comprende toda la responsabilidad de tan ardua misión. «Después de aquel sacrificio me estaba reservado experimentar la triste decepción de ver que hombres importantes de esta situación se levantaban para derrumbarla, y que ciudadanos en quienes hay que suponer algún patriotismo, porque sin él el hombre no sería sino un monstruo, seguían sus banderas. Desde entonces cambié de ideas respecto de la estatua y abandoné sus fragmentos, y formé la mente de dejarlos olvidados, para que más tarde, si los Gobiernos que me deben suceder, querían rendir este tributo a la Regeneración de la patria, la erigieran, teniendo presente que en esta época que me ha tocado presidir, se verificó la milagrosa transformación que la América toda admirará de generación en generación». 
  «El último Congreso me sorprendió con un decreto por el cual ordenaba la erección de la estatua, asumiendo él la dirección y administración en los trabajos necesarios al objeto. Yo tengo la íntima convicción de que con el decreto de la erección de mi estatua el Congreso erró, y que al aceptar yo su determinación erré también. «A partir de este momento, yo confieso que me siento oprimido, y cuando se me habla de la estatua, no puedo aspirar a plenos pulmones la entera satisfacción que me producen mis generosos y fecundísimos servicios a la patria». 
  “La ingratitud es lo que más ofende la nobleza de las almas. «La estatua se erige, señores, por la voluntad de todos, menos por la mía». 
  “Después de estos actos separóse nuevamente del Ejecutivo el señor General Presidente, e hizo un viaje a los Valles de Aragua...”. 

Abajo las estatuas 

  Transcurrieron dos años con el imponente "Saludante" inconmovible delante del frente sur del Capitolio Federal. Pero "...varios diputados presentaron un proyecto de decreto derogando los expedidos por los Congresos constitucionales, sobre honores discernidos al General Guzmán Blanco, y disponiendo la demolición de las estatuas que esos mismos Congresos elevaron al referido General. Las barras estaban henchidas de gente, reaccionaria en su mayor parte, que aplaudía calurosamente el proyecto de decreto; como si actos semejantes, emanados de un cuerpo colegiado, puedan dar ni quitar gloria, cuando éstas, si tienen por base el verdadero mérito, son eternas como Dios. Entablóse la discusión sobre la competencia e incompetencia de la Asamblea para dictar tal decreto, sosteniendo unos la facultad de hacerlo y negándola otros, fundados en que la reunión del cuerpo sólo tenía por objeto revalidar la Constitución de 1864. Breve fue la discusión, pero tormentosa, subiendo a lo infinito las imprecaciones contra Guzmán Blanco, el llamado autócrata y tirano. Las barras atronaban el recinto con sus enfurecidos gritos; votándose bajo tal presión el decreto y aprobándose nominalmente. Dieron el voto afirmativo los diputados doctor Carlos Arévelo, General Nicanor Bolet Peraza, General Vais Level de Goda, General Juan Bautista García, Doctor Rafael A. García, Doctor José Manuel Montenegro, Pedro E. Rojas, General León Lameda, General Pablo Giuseppi Monagas, General Fernando Aclames, General Julián A. Arroyo, General Nicolás Anzola Tovar, General Desiderio Escobar, Doctor Félix Ayala, General Víctor Segovia Peña, General Mariano Borges,…” 
  En 1878, “A las 10 de la mañana del 22 (octubre 1889) mediante una corta ceremonia, procedieron las autoridades a derribar la estatua ecuestre que por repetidos decretos de los Congresos constitucionales de 1873 y 1875 se había erigido al General Guzmán Blanco, el último de este año, en la plazuela que existe entre la Universidad y el Capitolio Federal; y momentos después, y con la misma formalidad, fue también echada a tierra la estatua pedestre que en el hermoso y bello paseo del Calvario de Caracas levantara al mismo personaje el Concejo Municipal del Distrito Federal. Semejantes glorificaciones constan en documentos públicos —las aplazó el General Guzmán Blanco durante dos años, asumiendo una discreta reserva, porque no quiso, y así lo dijo entonces, a título de una austeridad republicana, que podía ser tachada de egoísta en sus fines, defraudar a sus compañeros de causa política en sus justos y muy naturales entusiasmos por las victorias de la Regeneración. 

Re erigen las estatuas 

  “Transcurridos esos dos años, insistió el Congreso en su propósito glorificador, e independizando del gobierno la ejecución de su decreto, nombró una comisión, presidida por ese mismo señor Jacinto Gutiérrez, y de la cual formaban parte los Doctores Terrero Atienza y Villanueva, para llevar a cabo la erección de la estatua. Esa comisión dijo entonces, entre otras muchas cosas, en documento público: que el General Guzmán Blanco había resistido al puntual cumplimiento del decreto de honores: que el Cuerpo Legislativo había encontrado el medio más digno y delicado de levantar el monumento de gratitud: que no dejaban a los postreros el noble atributo de premiar el mérito singular; y que Venezuela no quería aplazar para un porvenir de que no disponía la ostentación digna y grandiosa de las virtudes que enaltecen la humanidad. Acontecía esto en 1875; y dos años más tarde, sin haber cambiado las condiciones morales, civiles, militares y políticas del General Guzmán Blanco, sino antes bien habiéndose aquilatado sus cualidades cívicas por haber apoyado heroicamente la libre expresión de sufragio popular y hecho efectiva la alternabilidad administrativa, base cardinal del sistema republicano, algunos de esos espontáneos glorificadores aparecieron como furiosos iconoclastas. A nuestro juicio, en ninguna de esas dos situaciones se mostraron reposados y austeros, porque la apoteosis, para ser firme y eterna, requiere que el tiempo depure las pasiones, a fin de que empalidezcan los defectos humanos y se aumente el brillo de la gloria verdadera; y por lo que respecta al furor reaccionario, exhibido en ésta, como en casi todas las ocasiones, más por halagar la ambición del mandatario del presente que por castigar las faltas del mandatario del pasado, es un rastrero sentimiento que no se compadece con las imposiciones del patriotismo. Mientras en la capital de la República asumía la reacción contra la personalidad del General Guzmán Blanco y contra la fracción liberal llamada guzmancista las proporciones de desbordado y furioso vendaval, en los Estados, se pensaba y se procedía de distinta manera, porque ni el golpe de estado, que mató el sufragio, ni la reacción, que conducía al abismo de la anarquía, eran del agrado del pueblo venezolano. Los ánimos estaban intranquilos, las noticias alarmantes corrían en todas direcciones, las complicaciones parecían surgir del fondo de la tierra y el patriotismo buscaba, sin hallarlos, horizontes de luz. Indudablemente eran críticos los momentos. 
  “No obstante las continuas alarmas de la prensa reaccionaria, la festividad nacional del 28 de octubre, onomástico del Libertador, fue celebrada en Caracas, Valencia y otras ciudades con esplendidez. En el Panteón Nacional pronunció con tal motivo una magnífica oración el señor Antonio Leocadio Guzmán. Ese mismo día 28 fue el escogido para re erigir las estatuas del señor General Guzmán Blanco en Caracas, habiendo pronunciado el discurso de orden en la de la plaza del Capitolio y de la Universidad el señor Doctor Jesús María Sistiaga, y también hizo uso de la palabra el señor Doctor Pedro Monsalve, a nombre del Consejo de Administración. Desde el mismo momento que entró triunfante la Revolución Reivindicadora a Caracas, los Jefes y oficiales del numeroso ejército hicieron público su deseo de re erigir los Monumentos, que había echado por tierra la reacción demoledora, por esta circunstancia, y por creerlo de justicia, el Congreso de Plenipotenciarios sancionó el acuerdo de que antes hemos hecho referencia. A esos actos, que se llamaron del desagravio nacional, concurrieron todos los Estados, sus Gobiernos, las Delegaciones Militares y Concejos Municipales, por medio de importantes comisiones; olvidándose de que la humanidad…”. 
  González Guinán ofrece detalles tales como: “Los demoledores de 1878 echaron a tierra las estatuas, y así las encontró la Revolución reivindicadora a su entrada triunfal en Caracas, el 13 de febrero de 1879. A la de la plaza del Capitolio se le había quebrado un brazo y la cabeza a la del Paseo del Calvario. Reparados esos monumentos por artesanos caraqueños, fueron los mismos que se reeligieron el 28 de octubre de 1879, pues aunque una nueva estatua ecuestre se había pedido al extranjero, se la creyó inferior a la antigua y fue desechada, levantándose después en la plaza del muelle de La Guaira. Estos monumentos permanecieron en sus pedestales hasta el 26 de octubre de 1889, día en que uno de los más activos y entusiastas en re erigirlos, el señor Doctor Juan Pablo Rojas Paúl, a la sazón Presidente de Venezuela, merced a las influencias del señor General Guzmán Blanco, los echó a tierra”. 
  Las anotaciones del hijo del cónsul del Reino de los Países Bajos en La Guaira, testifican detalles tal vez omitidos por el historiador González Guinán. La versión que figura en el libro “Tarmas… y entonces… La Guaira”, publicada por el Alberto de Veer-Englert, apuntan a que “El saludante” original –o lo que quedó de este en 1878- estuvo depositado en el Capitolio antes de decretarse una plaza Guzmán en La Guaira, a donde fue traslado en el ferrocarril y la erigen en el lugar seleccionado. Allí permanecerá hasta que en 1889 la furia popular lo derriba del pedestal y la escultura de Bailly es botada al mar. Tiempo después fue hallada hundida y por iniciativa de un buzo curazoleño, es reflotada -recuerda a su audiencia Derbys López Suárez, guiado por las informaciones presentadas por De Veer-Englert. En tierra, la pieza terminará en manos del agente aduanero alemán Adolf Melchert Dieckell, quien la hace colocar al frente de la casona donde funcionaban las oficinas de su empresa en el corazón de la capital portuaria. Los restos de “El Caminante” preservados en el Museo de la Fundación Boulton, proceden de aquellos que además de formar parte del monumento erigido en 1887 en La Guaira, como ya se dijo, permanecieron hundidos en el mar hasta su rescate y colocación por Melchert delante de su oficina. 
  Morón el historiador -biógrafo de todos nuestros presidentes (“Los presidentes de Venezuela”)- reseña cómo entonces cundió el ejemplo de Caracas. “Se perdieron las cenizas de Zamora. En el Panteón están los huesos de Falcón. Los restos de Guzmán Blanco siguen en cementerio ajeno. Tampoco están en su sitio las estatuas. Una de bronce, pedestre, fue colo-cada en la plaza de San Francisco, de Valencia, el 19 de enero de 1877, derribada el 26 de octubre de 1889. En la plaza del Capitolio, en Caracas, se inauguró la ecuestre, bronce con base de granito y mármol, el 28 de octubre de 1875, derribada el 21 de diciembre de 1878; nació de nuevo el 13 de febrero de 1879, vuelta a derrumbar el 26 de octubre de 1889. En la plaza de San Isidro, Ciudad Bolívar, un Obelisco mostró un busto del Ilustre desde el 27 de abril de 1874 hasta caer en 1879. En la Colina del Calvario de Caracas se puso un bronce gigante, pagado por el Concejo Municipal de Caracas con 248.893 bolívares, desde el 19 de enero de 1876 hasta su triunfal caída el 21 de diciembre de 1878, vuelta a levantar el 13 de febrero de 1879, demolida por las manos del pueblo el 26 de octubre de 1889. En la plaza de Valle de la Pascua la "estatua de la Paz" se inauguró el 20 de diciembre de 1876, desapareció en 1909 para darle paso a Zamora”.

La Plaza de La Ley y otros detalles sobre “El Saludante” y el “Manganzón” 

  En su libro “Imagen y Noticia de Caracas” (Tipografía Vargas, Caracas, 1958) Guillermo José Schael deja las siguientes referencias en cuanto a El Saludante y posteriormente Plaza de La Ley en donde se deseó ubicar una estatua dedicada al Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre. Escribió el cronista de Caracas 1979-1989: “Como escenario tiene pintorescos antecedentes. Allí estuvo, por ejemplo, la estatua ecuestre del "Ilustre Americano" bautizada por el pueblo con el remoquete de "Guzmán Saludante". Medía 8 metros 50 centímetros del pedestal a la copa del sombrero, y había sido vaciada en el taller de un famoso escultor francés. Caballo y jinete destacaban un llamativo barniz dorado y al parecer es uno de los pocos casos registrados en la historia por el cual se erige un monumento a un presidente en vida. En el tope de la redoma del paseo Independencia se había erigido otra, con anuencia de la Municipalidad de aquella época. Fue conocida entonces con el nombre de "Manganzón". 
  “Ambos monumentos fueron derribados por los estudiantes y pueblo de Caracas la mañana del 26 de octubre de 1889, poco después de haber asumido la presidencia de la República el Dr. Juan Pablo Rojas Paúl, recomendado por el mismo Guzmán Blanco, Los muchachos tiraron cuerdas con las cuales ataron al "Saludante" por el cuello hasta derribarlo y al grito de "Al Calvario", todos corrieron hacia ese lugar e hicieron lo mismo con "Manganzón". 
  “El historiador González Guinán, al referirse a estos sucesos apunta que «tales hechos se realizaron con anuencia de las autoridades». 
  “Entre sus curiosidades conserva don Carlos Moller una versión en francés que de estos sucesos dio la señora Roncajolo, quien había llegado a Caracas justamente por aquellos días y fue testigo presencial. A sus familiares en París, escribió la mencionada dama en los siguientes términos: «En la ciudad no se ve por todas partes más que el nombre del general Guzmán Blanco. Se le encuentra inscrito sobre los monumentos públicos que él hizo construir. El general se ha hecho, entre otras cosas, erigir dos estatuas, la una a pie y la otra a caballo. Se ha hecho pintar de San Pablo en la iglesia de Santa Teresa. La persona que me mostró todos estos recuerdos se sentía humillada de los abusos que se habían cometido y me decía que bien pronto, sin duda, el pueblo los destruiría, En efecto, esto es lo que ha ocurrido»”.. 
  “Años más tarde, una de las botas de bronce que había sido arrojada al Guaire, fue hallada por un hombre que con su carreta sacaba arena del río en jurisdicción de la hacienda Ibarra. Esta pieza fue llevada corno una curiosidad a Sabana Grande y el padre Esculpi, cura párroco de El Recreo hizo gestiones para obtenerla, logrado lo cual, ordenó que fuese fundida y convertida en campana. Es una de las que todavía se escucha repicar los domingos en aquel templo, llamando a misa a sus feligreses. 
  “Días después de los desórdenes, el Municipio dispuso la restauración de la Plaza con nuevos motivos ornamentales. Para esta fecha la Ceiba de San Francisco tenía alrededor de 15 años de haber sido plantada. Frente a la entrada sur del Palacio Legislativo, en la calle a la que hoy da su frente la Universidad, se construyó una pintoresca alameda con jardines y veredas. 
  “A principios de 1911 el Gobierno dictó un decreto por el cual se abría un con-curso entre los escultores del país a fin de levantar en ese lugar —la Plaza de la Ley— una estatua ecuestre que representara al Gran Mariscal Antonio José de Sucre en el acto de arengar al ejército vencedor de Ayacucho. Concurrieron numerosos trabajos y entre estos, el jurado eligió cinco que se hicieron merecedores a la distinción por llenar las condiciones establecidas. Fueron aquellos identificados con el N° 22, lema "DY", del escultor Marqueste; el N° 17, tema "Gloria AP" de Antonio Perera Saurina; el N° 1, lema "Almo" de Emilio Gariboldi, el N° 6, lema "Xa" enviado por Lorenzo González y por último el N° 13, lema "1913" del artista Pedro Basalo. El jurado estuvo integrado por los señores Luis A. Muñoz Tébar Gustavo Sanabria, Juan de Dios Méndez y Mendoza, Eduardo Calcaño Sánchez, D. A. Coronil y Manuel Segundo Sánchez. La "buena pro" fue concedida finalmente al proyecto de Lorenzo González. 
  “El 5 de julio del año siguiente celebróse con toda solemnidad el acto de la co-locación de la primera piedra, ceremonia en la cual estuvo presente el General Presidente Gómez, los ministros del Despacho y los artistas laureados. Actuó como jefe de protocolo el Conde de Valery. La gráfica que publicamos, poco conocida, perpetúa la escena. Sin embargo, nunca llegó a instalarse en ese lugar la estatua ecuestre del Mariscal Sucre. La antigua Plaza de la Ley es actualmente vía de tránsito y estaciona-miento de automóviles. 
  “Nos dice el doctor Rafael Seijas Cook que en El Calvario existía en 1896 una estatua del Mariscal Sucre, la cual fue trasladada al extremo norte del puente "19 de diciembre", pero años después fue reemplazada por la premiada en el referido concurso de las fiestas centenarias y cuya obra fue ejecutada por el escultor Lorenzo González. Ocurrió entonces que la anterior una vez desarmada, se trasladó a Maracay. 
  “Con motivo de la ampliación de la Avenida San Martín, el monumento ecuestre de Sucre se instaló definitivamente en la Plaza de este mismo nombre, en Catia”. 

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  Entre nosotros las estatuas y monumentos se mueven o los cambian. Se extravían e incluso los perdemos de vista o, ante la mirada impotente, la denuncia o el reclamo desoído, desaparecen hasta nunca. Es inexistente el respeto al situarlos en homenaje a algo o alguien o para por qué sí, embellecer cierto espacio público ni tampoco al resolver a dónde enviarlos cuando molesten, estoy en desacuerdo o me es insoportable tolerarlo. Puede ser al basurero o, según cuanto valga en metálico o simbolice, negociarlo a soto voce con talleres de fundición, mercados secundarios de peroles y bienes robados al Estado o, más simple, quien mayor poder tiene los toma para sí como si se trata de patrimonio público al cual, sin otra consideración, basta el poder circunstancial ostentado, para gozar del derecho a asumirlo como mí propiedad. Gozarlo bajo el manto de la impunidad. Nadie se ocupó de juzgar a los responsables de la destrucción de los monumentos a Guzmán en Caracas y demás lugares de Venezuela donde erigieron estatuas para honrarlo, recordarlo o mostrarlo como el sujeto imborrable parte de nuestra historia nacional. Nada extraño, viejo o actual. 

Alfredo Schael 
con la cooperación de 
Derbys López Suárez.







Estatua Pedestre de Guzmán Blanco, Circa 1875

Firma Autógrafa del Escultor de las Estatuas
Detalle del Saludante, Fundación Museo  John Boulton
Cabeza del Manganzon, Galería de Arte Nacional
Puño del Manganzon, Fundación Museo  John Boulton

Medalla conmemorativa de la Estatua Pedestre del Gral. Guzmán Blanco.
Medalla conmemorativa de la Estatua Ecuestre del Gral. Guzmán Blanco.
Detalle del Saludante, Fundación Museo  John Boulton



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